Buenos días!
Hace ahora dos años, mi hijo mayor, Martín, era un bebé regordete y muy feliz al que podías llevar casi a cualquier lado. No lloraba excepto cuando tenía hambre y se adaptaba a cualquier situación.
Sin embargo, a día de hoy ese bebé es un niño de casi dos años y medio al que le cuesta mucho obedecer, que se escapa corriendo para perseguir palomas y que dice que no a casi todo.
Como podéis imaginar, en este contexto, nuestras mañanas de diario son complicadas. Martín tiene que ir a la guardería y nosotros a trabajar, y tenemos que sincronizarnos bien para no llegar tarde a ningún sitio. Desde hace algunas semanas, tengo ayuda en casa para cuidar a Nico, su hermano pequeño. Eso nos ha simplificado un poco las cosas, pero, aún así, solemos tener problemas a la hora de levantar a Martín y de vestirlo: hay días que se levanta con el pie izquierdo y la rabieta está garantizada.
Llevamos así unos meses, en los que, al final, hemos conseguido domar más o menos la situación. Sirve mucho pararse a pensar, elaborar una estrategia, hacerse un catálogo de recursos y una pequeña lista de truquillos con los que evitar o cortar las rabietas y mejorar nuestras mañanas.
Os cuento un poco los que mejor me funcionan, y, como siempre, os invito a darme los vuestros:
1. El más importante: levantarse con el tiempo suficiente como para que un imprevisto no nos haga llegar tarde a todos. Los niños no entienden de prisas, y no comprenden el "llegamos tarde". Además, ir con prisa nos genera un estrés a los mayores que por un lado transmite estrés a los peques y por otro nos hace tener mucha menos paciencia. Además, si por la mañana tenemos tiempo para un rato de relax, como jugar un rato mientras mamá acaba de peinarse o desayunar todos juntos en familia, el niño disfrutará más y estará más relajado.
2. Prepararlo todo antes de ir a dormir. Evitar imprevistos del tipo de "no quedan calcetines limpios" o "no encuentro los zapatos". Esos contratiempos hacen que perdamos tiempo y además, esos parones pueden hacer que el niño se disperse, proteste o se ponga a hacer alguna actividad que no le corresponda y que luego nos cueste cortar.
3. Cuando el niño se muestra reacio a hacer una cosa, distraerlo con otra antes de que muestre una protesta firme. Si Martín me dice que no quiere vestirse, yo el pregunto qué cuento quiere leer mientras. Si me dice otra vez que no quiere vestirse, le pregunto si prefiere el de las princesas o el del tren. No siempre funciona, pero en muchas ocasiones consigo que se olvide de que no quiere vestirse y que se centre en los cuentos.
4. Ser flexible. Si un día nos vestimos en el sofá, viendo los dibujos o en la cama de papá y mamá, no pasa nada. No lo tomo como norma, pero no me gusta decir que no a todo. A los niños hay que hacerles concesiones también. Al igual que nosotros entre semana alguna vez nos permitimos pedir comida para cenar, o tomarnos una cerveza, ellos también tienen derecho a tener caprichos de vez en cuando, y, al menos yo, prefiero eso a una rabieta. Aunque la norma sea vestirse en su cuarto, hacer una excepción también es sano.
5. Rodearnos de
herramientas que nos hagan la vida más fácil. Mi última solución a un problema recurrente ha sido esta: muchas veces Martín se levanta con la cara llena de legañas o mocos secos. Me suponía un problema llevarlo al baño a lavarse, conseguir que no se mojase mucho ni mojase todo, secarle y volverlo a llevar a su cuarto. Hace poco descubrí
el gel Physiobebé de Mustela
que funciona sin aclarado, como los que usamos los adultos en las manos, que me permite limpiarle la cara con un algodón en su cuarto, sin mojar ni manchar. También me sirve para limpiarle después de una rabieta, porque muchas veces ya vestido y listo para salir tenemos algún berrinche.
5. Reforzar el comportamiento positivo. Es una norma muy básica, pero a veces se nos olvida. Yo, la verdad, tengo mis dudas de si a Martín le funciona, pero lo hago porque creo que, a la larga, entenderá que su actitud tiene efecto en el ambiente familiar y en el humor de sus padres.
besos a todos!
Teresa